eletrista
“… en el sexto día del año, de ponerle pasto y agua, al camello de Melchor …” era lo que resonaba fuerte de los parlantes de una vieja belina celestona que pegaba la vuelta al cuartelillo de bomberos a las siete menos diez de la mañana cuando Miguel volvía a su casa. Lo que apenas pudo observar Miguel, y lo que le pareció, fue que la manejaba un joven, y lógicamente se preguntó que estaría haciendo este individuo escuchando “Que el letrista no se olvide” a las siete de la mañana, debería ser radio, pero qué radio pondría este tema a las siete de la mañana; son esas cosas que pasan en las ciudades del interior y que no tienen explicación, y la misma no debe tratar de encontrarse; cuanto más se le busque la vuelta, etc.
Venía caminando como solía hacerlo, por la vereda que queda más cercana a la próxima curva, cosa de no cruzar cuando fuera a doblar, venía a paso ni lento ni rápido, al paso digamos, pensando en la crueldad con que a veces las cosas del sentir le pegan a uno, y pensaba que otra vez se quedaba sin ella. Quizá no la volviera a ver o a amar, quizá ella no aceptaría más sus invitaciones, quién sabe, de todos modos había pasado un rato en el mejor de los lugares. Era un lugar que no tardó en encontrar cuando la conoció, digamos que el lugar y ella eran casi la misma cosa, o sea, el lugar la rodeaba a ella, de modo que cuando él estaba a su lado, estaba en ese lugar, que era por cierto el mejor de los lugares. Un lugar relativo, que dependía en este caso de donde estuviera ella. Los lugares relativos son a veces los más complicados de alcanzar, porque no se puede medir la distancia a la que nos encontramos de ellos si no se sabe dónde están las referencias.
Miguel había perdido la referencia, y lo único que tenía eran oportunidades, muy alejadas y en expansión no constante, una de otra en el tiempo, de poder divisarla a lo lejos. De modo que nunca estaría seguro si la de hoy fue o no la última oportunidad que tuvo de hallar el lugar. Deseaba él no darle trascendencia al hecho de si era o no era la última oportunidad, deseaba él no transitar más, descalzo por las colinas pedregosas tratando de atrapar con catalejos algún rastro de la referencia, algún cabello al viento, algún flamear de vestido, alguna risa. En cambio lo que podía divisar a menudo era un gran valle, un espacio con lo necesario para yacer en él y permanecer allí como refugiado, y el camino hacia el valle era limpio, de tréboles verdes y frescos que acariciaban sus pies, él ya lo habría comenzado a recorrer en varias ocasiones pero siempre volteaba, levantaba la mirada y volvía hacia las colinas. Volvía caminando como solía hacerlo, a paso ni lento ni rápido, al paso digamos.
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